La génesis de los dos cómics leídos este mes es muy diferente. Cosmic Detective, una idea original de sus guionistas a la que se sumó David Rubín en una etapa temprana aportando soluciones narrativas propias, se publicó gracias al micromecenazgo. El Fuego, por su parte, es un proyecto completamente personal del autor orensano.
Sin embargo, ambas obras comparten elementos comunes, más allá de haber aparecido en fechas cercanas y recibir elogios unánimes por parte de la crítica:
- El fin de la humanidad vinculado a las vidas individuales de sus protagonistas, personajes arquetípicos que se desmontan a lo largo de la historia, cuando se descubren impotentes ante situaciones que los superan.
- La conciencia de lo irrelevantes que somos en comparación con el cosmos... pero también de nuestra riqueza e importancia como seres que sienten, se encuentran y -parece que es el deseo / convicción del autor- respetan y cuidan.
- Los elementos de ciencia ficción que, como en muchas obras del género, nos advierten de los riesgos del presente (la distancia entre distopía y realismo social se ha acortado mucho en los últimos tiempos) e invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana.
- Las constantes referencias a artes visuales y artistas de referencia: pintura, cine, cómic.
- La exploración de los recursos gráficos y su habilidad para manejarlos, controlando el ritmo de lectura y enriqueciendo la información que transmite cada página. Herramientas digitales, color, composiciones de página, perspectivas, diseño de personajes, creación de espacios... nos llevan más allá de lo aparente y reflejan mundos que han perdido su lógica interna.
(...) la riqueza de este medio reside en esos recursos autóctonos que solo funcionan en el cómic. (...) aunque, hoy, están infrautilizados. Hay cómics donde no aparece una sola onomatopeya, incluso cómics de acción, de superhéroes. Y no lo entiendo, porque ayudan a la acción y a la narrativa, son parte del dibujo. Por eso yo siempre las hago personalmente, no necesito que me las haga un rotulista. Y, respecto a la caricatura, a mí me parece muy interesante poder cambiarles la expresión a los personajes en función de lo que les pase. Las haces más realistas, más infantiles… vas variando, porque es un recurso que el lector tiene asumido. Ayuda a crear tensiones gráficas que contribuyen al ritmo de lectura, a generar sensaciones en el lector, de un modo no explícito, sin subrayarlas. Eso es lo que hace que la lectura fluya, que la gente diga: “¡qué bien se lee el tebeo!”. Claro, porque no estoy explicando con los textos lo que está pasando en la acción, y estoy usando un montón de recursos gráficos que están dando mucha información sin que el lector sea consciente, en muchos casos. Por eso también me gusta jugar con el color, que uso como un elemento narrativo más, y no uno meramente decorativo. Me permite romper el tono, para indicar, por ejemplo, que estamos ante una escena onírica. Todo esto también hace empatizar al lector, que se siente parte de lo que pasa.
Pero no consigo conectar con las dos historias -o, al menos, más allá de algunos momentos puntuales-. Reconozco el interesante juego con los códigos del noir y el inteligente homenaje a Kirby que plantea Cosmic Detective. Y, si el arte es la forma a través de la que un creador canaliza sus emociones y pensamientos, El Fuego es una perfecta muestra de ello. Quizá demasiado visceral, intensa y explícita, como si Rubín hubiese llevado al límite características que aparecían en obras previas, ya compartidas en la tertulia (Beowulf y El héroe).
La denuncia que plantea el autor se vuelve cada día más necesaria y oportuna. Su tono extremo y apocalíptico subraya ese mensaje, pero al mismo tiempo niega cualquier posibilidad de mejora; la preocupación y el compromiso convertidos en desesperación pueden desincentivar la acción.
Además, la fragilidad, interdependencia e imperfección humanas que reflejan estas obras no parecer casar bien con el exceso y la hipertrofia de sus imágenes, movimiento y color.
En todo caso, podremos dialogar sobre ello. Mientras tanto, os dejo algunos fragmentos de entrevistas al autor del mes, que subrayan aspectos centrales de estos cómics:
Sobre Cosmic Detective
(...) es una carta de amor a Jack Kirby (1942-1994) y a su legado. Por eso he intentado ser muy fiel a la esencia de ese legado, pero sin copiar ninguno de sus trucos. Lo importante cuando quieres hacer este tipo de homenajes no es intentar clonar a Kirby (creador de Los Cuatro Fantásticos, Los Vengadores, X-Men…) sino hacerlo tuyo. Kirby es mi autor favorito, lo he estudiado muchísimo y lo tengo casi en mi ADN, por lo que fue muy fácil, y muy divertido, hacer esta aproximación a Kirby, que es 100 % mía”.Creo que es un tebeo muy divertido y que reivindica los tebeos de aventuras y de escapismo, de pasártelo bien. Como cuando eras un chaval y leías esos cómics que parecía que lo que te contaban era más grande que la vida misma. Además me vino genial porque lo dibujé a la par que El fuego, mi obra más personal y compleja, que es completamente diferente, muy íntima y con una carga dramática muy fuerte. Por eso, después del drama de El fuego, para mí Cosmic Detective era como un parque de atracciones.
(...) mi estilo es más pulp, más detallista, y trato de acercarme desde el punto de vista gráfico a la sensación que me transmiten estilos literarios como los de Chandler o Spillane.Y, al mismo tiempo, lo mezclo con toda la mitología de Kirby, el ambiente de los cómics de superhéroes de los años 60, la exuberancia caleidoscópica de las portadas pulp clásicas y las sensaciones que tuve cuando vi por primera vez una película de David Lynch.[Edward] Hopper también es uno de mis pintores favoritos. Su influencia está presente en Cosmic Detective de diferentes maneras, algunas más obvias y literales, como la secuencia de Nighthawks, y otras más sutiles.Hay otras influencias que me han marcado profundamente a la hora de abordar mi trabajo en Cosmic Detective: algunas películas de Fritz Lang, especialmente la serie de Dr. Mabuse o Spione. También Orson Welles. Por supuesto, David Lynch, cuyas películas también están influenciadas por Hopper. Y algunas películas de Wong Kar Wai o Nicholas Widding Refn, que me encantan.
Como ya había relatado dos viajes interdimensionales previos en el libro, le di vueltas a como solucionar este tercer viaje de un modo original y que a la vez tuviera sentido y fuerza narrativa, y se me ocurrió lo de que fuera saltando entre dimensiones del punto A al punto B y que en cada salto se encarnara bajo el estilo de un dibujante y época diferente.Yo elegí a los personajes/estilo que veía que más juego me daban narrativamente, de Liefeld a Tezuka, pasando por Miller, Hergé, Kirby, Mckay, Max, Herriman, Gibbons, etc…
Sobre El Fuego
(...) estoy usando el yo para hablar más de lo colectivo, de lo común. Es como que el protagonista, Alexander Yorba, no deja de ser un reflejo de la sociedad, tanto de la que vivimos ahora como la que se vive en esa ficción de El Fuego. Entonces mientras lo vemos pudrirse a él vemos pudrirse al mundo (...) Todo eso fue también un reto, conseguir sintetizar eso y conseguir a través del dibujo dar la información con encuadres, en segundo plano aquí y allá… generar sensaciones y dar pequeñas informaciones sublimminales al lector que ayudan a completar la experiencia al lector y que incluso en futuras revisiones si quiere puede encontrar nuevas lecturas e indagar más.(...) si te fijas al principio la narrativa está algo más fragmentada, está todo más enjaulado. Son viñetas verticales. En el primer acto, cuando vamos presentando al tío, según va avanzando en su odisea, por un lado autodestruyendose y por otro también autorrealizándose ¿no? Aprendiendo a convivir con toda esa mierda que arrastraba y dejando un poco atrás la mentira pues las viñetas se van abriendo, se van espaciando todo más.
Es una obra visceral. El uso de la narrativa y el color es completamente diferente a mis otras obras. Es un cómic mucho más contemplativo, más pausado, que busca generar y transmitir al lector esas ideas y emociones, no solo a través de la lectura, sino por el mero hecho de sujetar el libro y enfrentarte a esas páginas. Busco que, cuando el lector pase una página, cada una de ellas sea un impacto, una sorpresa.




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